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Miércoles, 02 de febrero de 2011. Lc 2, 22-40

Jessica Restrepo Lucas 2, 22-40
Tanto Simeón como Ana oraban continuamente, perseverantemente y pudieron reconocer al Señor y hablar cosas grandiosas de Él, pues ya le conocía, hablaban constantemente con Dios en su oración, vivían en el corazón de Dios.

Nosotros en la medida que conozcamos a Dios, que tengamos intimidad con Él vamos a poder reconocerle en el hermano, aun en el desconocido; también podremos ver su acción diaria, porque viviríamos en su corazón, podríamos reconocerle en la Eucaristía aun cuando solo veamos los accidentes.

“Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»”

Mi Señor, como María, no solo quiero tomarte en mis brazos sino recibirte dentro de mí, porque eres mi paz, en ti descansa mi alma, tiemblo por ti, mis ojos físicos ven pan, pero con la mirada de María puedo verte vivo y real, quiero adorarte, hablar contigo y hablar de ti, pero como no lo se hacer quiero que Tu Madre, que también es mi Madre, lo haga por mi.

¿Y a ti qué te dice Lucas 2, 22-40?

Puedes escribir tu propia meditación sobre este mismo texto. Se publica aquí con tu nombre.

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