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Miércoles 5 de mayo de 2010. Jn 15, 1-8 GL

Gabriel López Juan 15, 1-8

Una rama no puede producir fruto si no está unida a la vid. De igual manera, nosotros no podemos hacer nada si no estamos unidos al Señor. ¿Acaso tenemos algo que no haya venido de Dios?

Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. ¿Cómo es posible pedir y conseguir lo que queramos? Esto es posible porque quien está unido a la vid (siguiendo con el ejemplo), tiene un mismo pensar con ella. Son los mismos nutrientes los que pasan de la vida a los sarmientos. Los frutos son los que produce la vid en las ramas, la energía producida en las ramas alimenta toda la planta, etc. Entonces ¿cómo será posible pedir a Dios algo que esté fuera de su Santa Voluntad si estamos unidos a él? Cuando las palabras de Dios están siendo acogidas en alguno de nosotros, entonces esa palabras de vida empiezan a transformar los corazones y mueven a las personas a tener una sola voluntad.

Si dos personas se aman tienden a tener una sola voluntad. Esto lo podemos ver en los enamorados, donde el uno quiere hacer feliz al otro y viceversa, hasta el punto que la felicidad de uno está en la felicidad del otro.

Cuando acogemos a Dios y acogemos su palabra, nuestra voluntad se empieza a transformar y sin saberlo nos empezamos a regocijar en la unión de nuestra voluntad con la de Dios.

Es por esta razón que sería imposible pedir algo que fuera contrario a Dios. Si esto ocurre es porque no estamos guardando sus palabras o no estamos permaneciendo unidos a la vid.

Ahora bien, ese estar unido a la vid es la representación vida sin pecado mortal, la cual nos une a Dios mismo por medio de la gracia santificante y guardar sus palabras es la unión de la voluntad con la voluntad de Dios.

El compromiso de este día es empezar a leer más la palabra de Dios, pidiéndole a Jesucristo que me enamore de la lectura de su palabra y me transforme según su beneplácito.

Todo por la Inmaculada, nada sin Ella.

Gabriel López

¿Y a ti qué te dice Juan 15, 1-8?

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